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martes, 11 de julio de 2017

Barreras del amor

Barreras del amor

Todo lo que hay en el corazón que no es limpio ni verdadero, finalmente generará un muro en nuestro interior, obstruyendo el fluir natural del amor. Las personas que dicen que no hay amor en sus vidas en realidad están bloqueadas debido a este muro.

Realmente sí hay amor, pero simplemente no pueden aceptarlo. El ego es el ejemplo más claro de esto. El ego limita el fluir del amor al poner condiciones al amor que se da y se recibe. El ego usa el amor para satisfacer sus propias necesidades y deseos. Genera un amor que es engañoso, que sólo trae satisfacción temporal. El ego no nos permite experimentar el amor verdadero ni compartirlo. De hecho, el ego es capaz de destruir nuestra habilidad natural de sentir el amor.

A la vez, el amor engañoso es aquél que surge cuando no hay honestidad en el corazón. Crea dependencia y se parece más a un contrato que a una relación. Este tipo de amor se ha convertido como en una droga.

El amor debería ser tal que permita que la honestidad y la verdad crezcan. Es la honestidad lo que nos muestra qué es el amor, y el verdadero amor nos muestra lo que es la honestidad. Funciona en las dos direcciones.

La forma de liberarnos de la dependencia del falso amor es experimentar a través del silencio y la meditación la conexión con la verdadera fuente de amor. Experimentar la dulzura y plenitud del amor verdadero. Así reemplazamos el veneno con el néctar y cada vez será más fácil reconocer la futilidad y el nulo valor del amor falso.

No deberíamos simplemente aceptar cualquier amor que se presente en el camino, de aquí, de allí, de cualquier lugar. Si alguien quiere darte amor, primero observa qué clase de amor está ofreciendo.

El amor verdadero está libre de deseos egoístas y de expectativas. Para experimentarlo tenemos que conseguir que nuestro corazón esté limpio y lleno de honestidad.

lunes, 23 de enero de 2017

Retorno a las raíces


Retorno a las raíces

Las raíces son los cimientos ocultos, lo que sostiene. Todo cimiento está oculto pero, aunque no se ve, sostiene toda la estructura. Ya sea nuevo o viejo, feo o hermoso, un edificio requiere cimientos sólidos para permanecer en pie.

También un ser humano posee cimientos invisibles. La estructura visible de la vida humana ­ el cuerpo, las palabras y las acciones ­ posee en sus raíces una energía sutil. El proceso llamado “muerte” ocurre cuando esta energía sutil abandona al ser humano. Hay una boca, pero no hay palabras; hay ojos, pero no ven; hay cuerpo, pero sin movimiento. La estructura permanece, pero el cimiento se ha ido. El cimiento de la vida humana no es material.

Mientras no examinemos las raíces de nuestra existencia humana no podremos empezar a comprendernos y cambiar. La psicología ha intentado llegar a estas raíces y nos ha ayudado a comprender el mundo interno de nuestros procesos conscientes y subconscientes. Sin embargo, para conocernos verdaderamente debemos regresar a la semilla.

Para los seres humanos, la semilla son los pensamientos. Los pensamientos brotan del alma, un foco de energía no material, eterna en forma e identidad. El alma no está sujeta a cambios como lo está el cuerpo. El alma, que no pertenece al mundo material, es la base de la conciencia; este receptáculo viviente, no físico, contiene nuestra personalidad, nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras emociones.

Así como la semilla de un árbol guarda en su interior su imagen, hasta que las condiciones apropiadas le permiten manifestarla, el alma contiene en su interior la imagen de la personalidad individual, que se manifiesta a través de la acción.

En un sendero espiritual intentamos alcanzar lo que hay de eterno en la personalidad humana. Fuera de la negatividad que hemos acumulado en el interior, nuestra naturaleza básica es pura.

El alma - es decir, el verdadero ser - no es pecadora en sus orígenes: es originalmente buena. El sendero espiritual nos lleva a experimentar esta bondad original. Cuando se experimenta esta preciosa energía, la conciencia resurge con ímpetu. Esta irrupción de la conciencia se conoce en la historia como «iluminación». La iluminación es el salto hacia una nueva percepción que nos da confianza y esperanza. La vida es entonces más real y, en consecuencia, más plena de felicidad. Nos vemos renovados.

 

Fotografía por Karla JiVi en instagram

jueves, 4 de agosto de 2016

Sentimientos y realidad

Sentimientos y realidad

Identificarnos con lo que sentimos en cada momento es algo opcional. Un error fácil de cometer es que cuando nos sentimos bien, nos vemos de forma positiva, mientras que cuando nos sentimos mal, nos vemos de forma negativa.

Sin embargo, esa es una percepción ilusoria. La naturaleza de nuestra mente es variable y así también lo son los sentimientos que se generan en el interior.

Tenemos que tener muy claro que todos estos sentimientos no son la realidad de lo que somos. Esto nos permite desapegarnos de los sentimientos.

Con conocimiento espiritual entendemos y aceptamos que somos almas, seres espirituales, y por tanto nuestra naturaleza verdadera es de amor, paz y armonía. Esta realidad del ser espiritual podemos experimentarla a través del silencio y la meditación.

A medida que ganamos experiencia sobre nuestra verdadera esencia, también reconectamos con los sentimientos puros y originales del ser.

Este proceso es esencial para darnos cuenta de que los sentimientos negativos no vienen de mi esencia sino de tendencias adquiridas y de experiencias del pasado.

Cuando aprendemos el arte de desapegarnos de nuestros propios sentimientos, disponemos de margen y espacio para dirigir, con la voluntad, nuestra mente hacia pensamientos poderosos y espirituales. Esto nos permite cambiar la calidad de nuestros sentimientos.

Con esta práctica, gradualmente, el alma va recuperando su soberanía interior. La paz y la estabilidad se hacen presentes y constantes en nuestras vidas.