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lunes, 6 de julio de 2020

Liberarse de los deseos

Liberarse de los deseos



Los deseos, como el dragón con múltiples cabezas, nutren la infelicidad.
Su meta es llenarnos pero en realidad nos mantienen vacíos, en la medida que nunca conseguimos satisfacerlos todos. Ésta es una paradoja que a veces no se comprende con facilidad, hasta que descubrimos que los deseos funcionan a través de los hábitos. El hábito basado en los deseos es como un enorme y viejo dragón que no nos permite darnos cuenta de lo que sucede en realidad, no admite reconocer que se trata de una debilidad, no percibe el ser verdadero.

El deseo de reconocimiento hace que nuestros esfuerzos sean deshonestos y la calidad de la tarea se poluciona. Inevitablemente se pierde la integridad de nuestro ser. “Yo quiero”, “yo necesito” o “tienes que darme” son dragones hambrientos con un estómago sin fondo. Con lo que sea con que los alimente su apetito sigue incrementando. Sentirnos verdaderamente contentos y satisfechos es algo que sólo conseguimos cuando disolvemos los deseos que siempre quieren algo de alguien. Estar contentos nos permite vivir conscientes del significado de cada escena, de cada encuentro con los demás, de cada respiro del tiempo.

A veces, el deseo de la mente es alejarse de la situación en la que nos encontramos, de las personas que nos causan obstáculos o dificultades.
La opción más elevada, basada en la espiritualidad, es no dejar que los retos o la negatividad nos tienten a alejarnos de situaciones o personas. Aprendamos a crecer a través de ellas. Cuando sembramos las semillas de los pensamientos determinados, crecemos al aceptar la necesidad de cambiar nuestro posicionamiento mental. Este cambio de posicionamiento cambia nuestro patrón de crecimiento. Crecemos en nuestra verdad original y en nuestra autenticidad. Entonces nuestro ejemplo fluye en los corazones y en las mentes de los demás. Nuestro propio ejemplo les genera esperanza e inspiración, y les hace brillar pensando “nosotros también nos podemos hacer así”.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El principio de observar y no absorber



El principio de observar y no absorber




Cuando observamos adoptamos una nueva posición mental. En cualquier situación o relación que nos encontremos, observar es una habilidad silenciosa, una habilidad que necesito aprender si quiero percibir con claridad qué cambios positivos son necesarios en una situación o con una persona. Un observador mantiene su mente clara, libre y está abierto a nuevas perspectivas, porque aprende a escuchar y sintonizar para captar la realidad del otro.

Observar nos capacita a ser creativos, productivos, efectivos, ya que hemos dejado un espacio para un entendimiento mejor y verdadero. Si no aprendemos este arte de observar, reaccionamos y nos absorbemos e involucramos en la negatividad de la persona o el evento. Nos perdemos en las arenas movedizas de aquello que es erróneo, y nunca podemos solucionar las cosas. Si absorbemos nos llenamos de emociones negativas. La gravedad del exceso de peso no nos permite elevarnos y percibir la realidad de las cosas, perdemos perspectiva. Si queremos entender, la posición mental de observar nos da el poder de la perspectiva.

Podemos observar a un pájaro y una hormiga; la hormiga siempre 
está ocupada, tropezando en todo con sus prisas por encontrar comida y guardarla. Sólo puede ver aquello que está enfrente de su nariz. En cambio el pájaro se aleja de la tierra, vuela hacia lo alto, y empieza a ver con perspectiva amplia, en comparación como la veía en el suelo o sobre una rama. Viendo toda la escena tiene la perspectiva del terreno y puede ver donde quiere ir y lo que tiene que hacer. Cuando perdemos perspectiva nos quedamos atrapados en los detalles, nos olvidamos de lo obvio o principal, y no podemos pensar o imaginar acerca de otras realidades.